La escuela de Torrecilla de la Jara, nuestro pueblo, la recuerdo con las paredes encaladas de blanco, el suelo de ladrillo y sólidos pupitres de madera. En ella, de la mano de Doña Eulalia, descubrí las primeras letras, esos signos, al principio vacíos, que aprendimos a interpretar en la cartilla y a reproducir en los cuadernos; esos “garabatos” que hablaban, y con los que podíamos hablar sin decir nada, tan sólo moviendo el lápiz para que dibujara lo que ya comenzábamos a comprender y a expresar.

 

Después, en las noches frías de invierno, al amor de los leños que chisporroteaban cuando los golpeábamos con las tenazas de hierro, mi madre nos leía cuentos de un libro sin pastas, de hojas amarillentas, que rescató de un viejo baúl.

 

Al escucharla, a mi hermano y a mí se nos desbordaba la imaginación y nos brillaban los ojos. De los Apeninos a los Andes, El tamborcillo sardo o Naufragio, eran nuestros cuentos preferidos. Y ella, gran lectora hasta donde me alcanza la memoria, recreaba con su voz esos relatos fascinantes, que cuando revivían en sus labios nos hacían llorar.

 

Supe entonces que las letras tenían alas, que con ellas era posible viajar a lugares mágicos, que guardaban historias increíbles.

 

Años después, ya en la escuela como maestra, mis alumnos aprendían Lengua con poemas de Antonio Machado y con libros de Miguel Delibes. Y como esta afición mía se convirtió en pasión, desde hace casi dos décadas escribo novelas. Confieso que algunas veces los versos se me escapan también; sobre todo, cuando paseo por los campos de nuestro querido pueblo y su belleza asalta mi retina.

 

Entiendo la literatura como reflexión crítica, análisis del tiempo que me ha tocado vivir, planteamiento de preguntas, búsqueda de respuestas, viaje a través de la fantasía que me permite vivir mil vidas… Todo eso y mucho más, en este juego de la imaginación y la palabra en el que me siento absolutamente libre.

 

Os seguiré contando.

Un fuerte abrazo, paisanos.